Durante una sesión, hay momentos en los que algo cambia sutilmente en la forma de experimentarnos. No es tanto que aparezca una realidad diferente, sino que, por unos instantes, disminuye el ruido habitual con el que interpretamos todo lo que vivimos.
La mente deja de comentar constantemente la experiencia, y aparece una forma de escucha más directa.
Por eso, cuando hablo de consciencia, no me refiero a vivir experiencias extraordinarias. Me refiero a una manera diferente de estar presentes.
El sonido puede favorecer este desplazamiento.
No porque tenga un poder especial, sino porque su vibración sostenida invita al cuerpo a relajarse, la respiración a profundizarse y la actividad mental a perder intensidad. Cuando esto sucede, muchas personas describen una sensación de mayor amplitud, más silencio y una forma más clara de habitar el presente.
Cada persona lo vive de manera diferente.
Algunas experimentan una profunda calma. Otras tienen la sensación de que el tiempo se ralentiza, que los límites entre el cuerpo y el espacio se vuelven menos definidos o que aparece una comprensión difícil de explicar con palabras. También hay quienes no perciben nada especialmente extraordinario y, sin embargo, al terminar la sesión descubren una sensación de mayor ligereza, más coherencia o una relación distinta con lo que están viviendo…
Ninguna de estas experiencias es un objetivo.
Buscarlas sería, probablemente, volver a poner la mente en el centro.
Para mí, lo más valioso no es la experiencia en sí, sino la posibilidad de intuir que existe una manera de estar que no depende tanto del pensamiento constante ni de la identificación con nuestra historia personal.
Es desde aquí que la práctica del sonido adquiere una dimensión más profunda.
No porque nos lleve hacia una realidad diferente, sino porque nos permite descansar de la necesidad de ser alguien, de controlar lo que sucede o de interpretar continuamente la experiencia.
Cuando esto ocurre, el silencio deja de ser ausencia de sonido.
Se convierte en una cualidad de la consciencia.
Por eso no creo que las sesiones produzcan estados especiales.
Creo que, en determinadas condiciones, facilitan que la consciencia deje de quedar completamente absorbida por sus propios contenidos y pueda reconocer una manera más abierta, más serena y más presente de habitar la experiencia.
Quizás eso es lo que muchas personas describen como una expansión de la consciencia.
Yo lo vivo más bien como un reconocimiento.
No aparece nada que antes no estuviera.
Solo se aquieta, aunque sea por un momento, el ruido que habitualmente nos impide darnos cuenta.
Y, a veces, en ese silencio se hace evidente una intuición muy simple: aquello que buscamos no es un lugar al que llegar, sino aquello que ya está presente mientras buscamos.