La calidad de la presencia

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Con los años he ido descubriendo que una de las preguntas más importantes que puedo hacerme antes de comenzar una sesión no es qué voy a hacer, sino desde dónde voy a hacerlo.

Cada vez tengo más la sensación de que la calidad de una sesión depende menos de lo que el facilitador hace que del lugar interior desde el que lo hace.

A menudo se habla de la importancia de la intención en la Sanación con Sonido. Sin embargo, para mí la cuestión no es tanto tener una buena intención como darse cuenta de desde dónde nace esa intención.

Exteriormente, dos personas pueden hacer exactamente lo mismo. Pueden utilizar los mismos instrumentos, el canto o seguir una forma muy similar de facilitar una sesión.
Pero interiormente puede ser completamente diferente.
Una misma acción puede nacer del deseo sincero de acompañar, de la necesidad de sentirse útil, de querer obtener un determinado resultado o, simplemente, de una presencia abierta y disponible que no intenta dirigir el proceso de la otra persona.
Esa diferencia, aunque no siempre sea visible, suele percibirse.

Con los años he ido comprendiendo que la cualidad más profunda del acompañamiento no depende tanto de la técnica ni de la fuerza de la intención, sino de la calidad de la presencia desde la que esa intención emerge.

Cuando el facilitador deja de querer que ocurra algo concreto, aparece una manera diferente de acompañar. Más humilde. Más respetuosa. Más disponible.

No se trata de dejar de desear el bienestar de la otra persona.
Se trata de no confundir ese deseo con la necesidad de que el proceso suceda de una manera determinada.

Cada persona llega con su historia, su sensibilidad y su momento vital. La sesión no consiste en conducir ese proceso, sino en ofrecer un espacio lo suficientemente seguro, coherente y presente para que pueda desplegarse según las necesidades de cada uno.
Esta forma de entender el acompañamiento transforma también el papel del facilitador.
Ya no ocupa el lugar de quien sabe lo que el otro necesita.
Ocupa el lugar de quien aprende a escuchar sin interferir más de lo necesario.

Por eso creo que la preparación más importante de un facilitador no consiste únicamente en aprender nuevas técnicas o conocer mejor los instrumentos. Consiste, sobre todo, en seguir conociéndose a sí mismo.

Cuanto más reconciliados estemos con nuestra propia historia, menos necesidad tendremos de proyectarla sobre las personas a las que acompañamos.
Quizá esta sea una de las formas más profundas de respeto.
Y también una de las expresiones más honestas del acompañamiento.
Porque, al fin y al cabo, la mejor intención no es la que intenta cambiar al otro.
Es aquella que crea las condiciones para que el otro pueda escucharse con mayor profundidad y confiar en su propia sabiduría.

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