Muchas personas explican que, durante un Baño de Sonido o una sesión de Sanación con Sonido, experimentan una calma que no parece limitarse a los pensamientos. El cuerpo, lentamente, deja de estar en guardia, la respiración se vuelve más profunda, la musculatura se destensa y aparece una sensación íntima de seguridad, de presencia y de espacio interior.
Desde la fisiología, una parte de esta experiencia puede comprenderse a través del funcionamiento del sistema nervioso autónomo, responsable de regular, de manera inconsciente, funciones tan esenciales como la respiración, el ritmo cardíaco, la digestión o la respuesta frente al estrés.
Cuando vivimos bajo una activación sostenida, predomina el sistema nervioso simpático, que prepara al organismo para reaccionar ante las demandas del entorno. Es un mecanismo extraordinario, imprescindible para la supervivencia. Sin él no podríamos adaptarnos ni responder ante el peligro.
Sin embargo, cuando este estado de alerta se mantiene durante mucho tiempo, el cuerpo puede acabar instalándose en una tensión casi permanente. A menudo esa tensión deja de percibirse como una excepción y se convierte en nuestra forma habitual de vivir. Nos acostumbramos a respirar de manera más superficial, a mantener el cuerpo en una ligera contracción, a vivir acelerados o dispersos, sin darnos cuenta de que nuestro organismo sigue preparándose para responder a amenazas que, en ese momento, quizá ya no existen.
Cuando, por el contrario, el cuerpo percibe que se encuentra en un entorno suficientemente seguro, se favorece la activación del sistema nervioso parasimpático, relacionado con el descanso, la recuperación y los procesos naturales de autorregulación.
No creo que una sesión provoque este cambio ni que el sonido tenga, por sí mismo, la capacidad de regular el sistema nervioso. Sería una simplificación excesiva. Lo que sí ofrece es un espacio en el que confluyen el sonido, el silencio, la calidad de la presencia, la escucha y la ausencia de juicio. Un contexto que permite al cuerpo, si está preparado, abandonar gradualmente el estado de alerta y recuperar, a su propio ritmo, una forma más abierta y equilibrada de funcionar.
Es importante recordar que el sistema nervioso no responde únicamente a los estímulos físicos. También responde a la manera en que percibimos el mundo, a nuestra historia, a las experiencias que hemos vivido y a la calidad de la relación que sentimos con aquello que nos rodea. Por eso, dos personas pueden vivir una misma sesión de una forma completamente diferente.
Quizá sea aquí donde aparecen también los límites de cualquier explicación científica. La neurofisiología nos ayuda a comprender algunos de los procesos que intervienen en esta experiencia, pero probablemente no alcanza a explicar toda su profundidad. Hay algo en la experiencia humana que sigue resistiéndose a ser reducido a mecanismos biológicos.
Cuando una persona se siente lo suficientemente segura, escuchada y sostenida, el cuerpo deja de dedicar tanta energía a protegerse y puede volver a abrirse a la experiencia. Tal vez por eso, en una sesión, aquello que transforma no es únicamente el sonido. También influye la calidad de la presencia desde la que ese sonido es ofrecido y la posibilidad, poco habitual en la vida cotidiana, de sentir que no es necesario defenderse de nada.
Cuando esto sucede, la calma deja de ser simplemente una sensación agradable o la ausencia de tensión. Se convierte en un espacio interior desde el que resulta más fácil escucharnos, recuperar energía, reconectar con nosotros mismos y relacionarnos con la vida de una manera menos condicionada por el miedo y más abierta a la confianza.
Quizá, más que provocar un cambio, la sesión simplemente ofrece las condiciones para que el cuerpo recuerde una posibilidad que nunca había perdido del todo: la de habitar el presente sin tener que vivir constantemente desde la protección.